miércoles, 8 de julio de 2009

¡Ah, la Gran Ciudad!

Podría empezar esta entrada con las referencias hoy día casi obligadas de Sin City: (con voz áspera, aguardentosa) “esta ciudad me va matando poco a poco y sin embargo somos amantes” o algo así; u otra referencia de moda, los Watchmen: “esta ciudad me teme porque he visto su verdadero rostro”… pero mas bien me la ahorro porque esto es tan solo una breve reflexión de mi relación con la ciudad… la Gran Ciudad.


He escuchado las mas diversas opiniones al respecto, pero en su mayoría son negativas, y es que cómo no, si manejar en sus calles es casi un deporte extremo y ser peatón es bastante peligroso, moverse en transporte público toda una aventura; así como la inseguridad, la falta de agua, el amontonamiento, la contaminación (del aire, visual y auditiva); y a veces se percibe odio e intolerancia por todas partes.


Repasando las líneas del buen Ezequiel pienso que esta ciudad no es ni ética ni estética.


Yo sin embargo puedo decir que disfruto mucho de la ciudad, me gusta este ordenado caos y en su amplísima diversidad mas o menos uniforme, pero lo raro, y de ello me di cuenta hace unas semanas que cruzaba la ciudad de cabo a rabo, es que mantengo una relación extraña y distante con la ciudad.


Por supuesto que me gusta vivir en ella porque me las he arreglado para ir una o dos veces por allá, y cuando voy evito los horarios de mayor afluencia, visito uno o dos lugares cuando se que no hay nadie, y tengo esquematizada toda mi trayectoria para no distraerme con nada y cumplir mi plan rigurosamente. Afortunadamente he podido organizarme de tal modo que mas de la mitad de mi correspondencia y de mis diligencias de trabajo las resuelvo por correo electrónico y si no me queda de otra el teléfono.


No vivo en la ciudad, y en realidad no convivo con ella, tengo 45 minutos para mentalizarme en el camino, hacerme a la idea de a qué me voy dirigiendo, el sonido del campo se me trasforma poco a poco en un sonido citadino, filoso, molesto, sucio… cada vez que voy allá llevo conmigo esa especie de ostracismo sociable que caracteriza mis días por ahora, es decir, aún soy funcional en la sociedad y no un anacoreta total, pero ahora que se que tendré que ir pronto al dentista, y pasar un rato en una sala de espera con otros citadinos, esos de verdad y no de nombre, me incomoda un poco, y me sorprende que me incomode. La otra parte extraña es que la gente de por acá no ve como parte del campo, sino como un extraño mas de los que huyen de la ciudad.


A veces pienso que esta ciudad sería mas disfrutable con la mitad de la gente y una tercera parte de los automóviles… y a veces deseo que cayera un meteorito, y acabara con la humanidad, como aquel que cayó en la península de Yucatán y exterminó a los dinosaurios, pero eso solo pasa cuando me atrapa en el tráfico y no puedo huir a tiempo.


Nunca he pensado en vivir en otra ciudad, aquí nací y no se si estaria dispuesto a morir aquí, morir por ella definitivamente no. Cualquier otra ciudad candidata a darme asilo tal vez debería cumplir con dos cosas: que pudiera vivir fuera de ella, pero no un suburbio como Ciudad Satélite o su némesis Ciudad Nezahualcoyotl, mas bien tendría que ser el campo, y debería tener una Universidad parecida a esa por la que pasé y es gran parte de mi vida.


No lo sé, me gusta la ciudad quizás porque realmente no vivo en ella, a veces solo paso a visitarla. Siguiendo los clichés de Sin City o Watchmen, yo podría decir que es como mi novia de primaria, a veces nos tomamos de la mano y nos vemos solo de lejitos en el recreo.

7 comentarios:

Itzel dijo...

A veces de la distancia y no de la vista nace el amor. Yo también amo las ciudades en las que sólo estoy de visita.

Trompetista de Falopio dijo...

Siempre me he preguntado cómo ve la ciudad alguien que no vive aquí. Me cuesta trabajo imaginarlo, porque siempre he estado aquí. Aunque a veces, cuando paseo con una visita, puedo ver las cosas que usualmente no veo.

ignacio bazan dijo...

Claro, y luego de la vista nace la consupiscencia y uno va ganándose males de ojo y perrillas gratuitamente... y lo curioso es que aunque no vivo en DF no puedo escapar de esta ciudad...

Nahual dijo...

Como novia de primaria, yo no tuve novia en la primaria...
Pero entiendo tu punto, yo creo que hay ciudades que me llaman, ciudades en las que quiero vivir, pero no me animo del todo, por eso de: "debería tener"
En realidad amamos todavía a esta chica que nos tocó.

Bueno para nada dijo...

¿Sigues en San Miguel Ignacio? porque técnicamente eso es Tlalpan, y Tlalpan está en el cada vez más impreciso DF; tu entrada me recordó que más que una demarcación geográfica la ciudad es una imagen ruidosa donde se repliegan las caóticas y relaciones sociales necesarias al orden individual; y San Miguel es la montaña, necesaria al orden espiritual.

Saludos montañeses.

ignacio bazan dijo...

Exactamente, San Miguel sigue siendo Tlalpan y Tlalpan es DF pero teoricamente, por acá sí vives de manera distinta y 45 minutos para llegar al Colegio de México es una distancia onsiderable -mas que yo circulo en horarios no pico-, y es justo eso, una especie de retiro espiritual, como toda montaña, lejos de la parte pragmatica citadina, a veces hasta brutal...

Hoy me toca ir a DF de hecho.

Esponjita dijo...

Vivir afuera de lo que desde adentro parece ser todo el universo, me parece inaudito

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