martes, 11 de agosto de 2009

X


Dicen que lo prohibido es lo deseado, así que puedo decir que mis padres fueron quienes avivaron mi capacidad de deseo, pues en mi casa todo estaba prohibido. Mi hermano y yo asistimos a la infancia como testigos, y nos limitamos a leer las travesuras que nos hubiera gustado hacer. Como la mayoría de los objetos que poblaban la casa eran intocables o estaban escondidos, nuestra fraternidad se estrechó en vínculos peligrosos: el del secreto, la complicidad y la imaginación.
Nuestro primer gran delito fue la violación del secreto masónico, al hallar los arreos de mi padre. Lo pagamos con una noche de pesadillas, pues los símbolos bordados en el mandil fueron suficiente para excitar nuestro morbo y, sobre todo, para convencernos de que un desconocido simulaba inocencia, pero seguramente era un ser maligno y capaz de crueldades rituales e insospechadas. Enloquecidas mandíbulas y esqueletos de animales revoloteraron en mi mente durante semanas en las que evité por todos los medios posibles evitar el contacto con papá.
Cuando tuve diez años y mi hermano, doce, la curiosidad se empezó a aliar con las hormonas. Por fatal coincidencia o por suerte o destino -que no son iguales, aunque se parezcan- mi hermano y yo presenciamos la compra de una pequeña caja que ocupó nuestras conversaciones durante un tiempo. Era un VHS, El amante. Ni más ni menos.
Podría decir que esa fue mi primera pornografía, a pesar de que nunca vi esa película. Lo fue porque mi hermano y yo dedicamos horas a buscarla, pues mis padres la escondían; una vez hallada, leímos la sinopsis una y otra vez, y la devolvíamos siempre a su escondite, para evitar ser descubiertos. Aunque la breve reseña al reverso de la película no me decía nada y la foto de la portada -el retrato de una chica pálida y circunspecta- era aun menos elocuente, lo auténticamente excitante, erótico y pornográfico, era complementar la visión del secreto a partir de la prohibición. Con mis diez años y mi torrente hormonal de niña apenas puberta, logré imaginar escenas que no he visto nunca, que no he vivido nunca, que no sé si toleraría si alcanzaran concreción. Las imaginé y las relaté a mis amiguitas de la escuela, y cuando preguntaban de dónde sacaba yo eso, les explicaba que de una película que tenían mis papás. Cuando alguno de ellos iba por mí a la escuela se veía rodeado de risitas incomprensibles y sonrojadas, y yo me sentía culpable a medias, pero satisfecha también.
Después el sexo se volvió gráfico, y luego sonoro, y luego táctil. El sexo se volvió una vivencia o una travesura. El sexo se convirtió en las fotos de los penes de mis compañeritos de secundaria, que competían para ver quién lo tenía más grande y nos mostraban las imágenes para que las comparáramos, pero no nos lo enseñaban porque les daba pena. El sexo fue también la primera vez que alguien metió su lengua en mi boca y su mano entre mis piernas, así, en simultáneo, sin previo aviso, sin paredes ni techo: una madrugada en plena calle, mientras los perros ladraban y nuestros padres y amigos nos buscaban imaginando lo que sucedería -lo que estaba sucediendo-. El sexo fue un cuarto cerrado, una ventana abierta, un par de cicatrices. El sexo fue la luna y la voracidad. El sexo fue los libros de Sade, las borracheras de universidad, un coche afuera de mi trabajo, un cigarro que se fuma y se gime. Fue eso y las películas francesas y las portadas de revistas que uno, al andar por el centro, no puede evitar ver. Pero el sexo no ha vuelto a ser, (no ha sido hasta ahora y quizá nunca lo sea) la violencia, la ansiedad, la perversión y la extrañeza con la que se proyectaba el contenido de una cajita negra en la imaginación de mis ya lujuriosos diez años.
(P.D.: Ya sé que no pedí turno y publiqué nomás de tetas, pero es que nadie se aventaba.)

3 comentarios:

isis dijo...

Sin paredes ni techo, como debe ser. "En lo oscurito".

Nahual dijo...

Ah, sí, es una sensación conocida, algo así fueron mis primeros tiempos.
Me gusto mucho tu prosa, sobre todo al final, el ritmo.

Trompetista de Falopio dijo...

Tu post me trajo muchos recuerdos y me enchino el cuero, pues escribes del sexo como el chingo de cosas felices que es: encuentro, búsqueda, secreto, imaginación, complicidad y recuerdo :)

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