domingo, 30 de agosto de 2009

Cómo montar a un filósofo


Prometí no volver a hablar de Aristóteles. Pero por ahora no tengo cabeza para otra cosa: sufro con una tesis sobre el Filósofo y la interpretación que de él hicieron los medievales. Y, bueno, dado que el tema de esta nueva serie de posts tiene que ver con juegos, erotismo y conexos, creí que sería imposible entrar en resonancia. Pero ¡nada!, que los eruditos medievales también tenían sus horas cachondas. Y como no tenían para jugar nada más que sus vetustos y áridos libros... pues jugaron con ellos.
Por azares del destino encontré una leyenda medieval donde se cuenta cómo Aristóteles cayó seducido por la mujer de Alejandro Magno. La leyenda tiene varias versiones: en una es la mismísima reina, en otra una esclava hindú.

Mi calenturienta mente no tuvo capacidad de generar un cuento ni obra propia. Sólo atiné a traducir una de las versiones de la leyenda. De esta versión surgió una narración francesa en el s. XVIII, que inspiró tanto a algunos versos de López Velarde como un cuento del amadísimo Juan José Arreola: "El lay de Aristóteles".
(y mientras batallo, sudo y sufro con el Estagirita, cada vez que me encuentro con otra aristotélica que lo padece -y que lee en sus páginas una y otra vez cómo la mujer es inferior, etc, etc... le propongo montarnos en Aristóteles y fundar el club de las dominatrix aristotélicas)

Les dejo la traducción: ojalá sea de su agrado.

Alguna vez Aristóteles le enseñó a Alejandro que debía contenerse de cohabitar frecuentemente con su esposa -quién era muy hermosa- para que su mente no entorpeciera a su buen sentido. Y cuando Alejandro obedeció sus palabras, la reina, al percatarse (y afligida), comenzó a atraer a Aristóteles hacia su amor. Y para atraerlo deambuló muchas veces con los pies desnudos y el cabello suelto frente a él.
Al fin, atraído, comenzó a solicitarla carnalmente. Y dijo ella: "No lo haré en absoluto sino hasta que vea una señal de amor, para que tú me pruebes: por ello ven a mi recámara, reptando sobre manos y pies y cargándome como si fueras un caballo, y entonces sabré que no me estás engañando". Al haber consentido con sus condiciones, ella, en secreto, le contó lo ocurrido a Alejandro, quien esperó el momento justo para atraparlo portando a la reina. Cuando Alejandro quiso matar a Aristóteles, éste, para disculparse, le habló de esta manera: "Si así accedió un anciano muy sabio a ser engañado por una mujer, puedes ver que bien te enseñé que puede ocurrirte esto a ti que eres un joven."
Al escuchar esto, el rey lo soltó y se inició en las doctrinas de Aristóteles.

Promptuarium exemplorum. Iohannes Herolt

jueves, 20 de agosto de 2009

Un escrito de juventud.


Buena oportunidad para dar un segundo aire a estos párrafos autobiográficos.

Siempre fui un horrendo obeso. De niño, en la primaria, mis compañeros me orinaban encima y me llamaban “el cara de mierda”. Cagaban, me tomaban entre tres o cuatro y, apretándome la nariz, hacían que abriera la boca para meterme papeles embarrados de sus desechos. Mi padre, un alcohólico y drogadicto, se entretenía viendo a mis hermanas bañarse y se masturbaba en cualquier lugar del minúsculo y fétido departamento. Mi madre, odiosamente estúpida, trabajaba todo el día y parte de la noche en una maloliente y grasienta fonda del centro de la ciudad. Mi inmundo cuerpo y yo estábamos solos.

Para cuando me gradué de la escuela primaria, ya me metía cualquier cosa en el ano para compensar los cerotes que retenía cada vez que podía. Como los aplastaba con mis nalgas, frecuentemente me embarraba y despedía un hedor insoportable. Cada vez que hacía eso, me bañaban mis hermanas con jícaras de agua helada en el patio, bajo la mirada de risueños niños y adultos del edificio. Lo que no sabían era que ese castigo me gustaba tanto como a ellos.

Fui desarrollando un placer por la vejación, por ser humillado, por hacer el ridículo, por dar lástima. A los trece años, mi padre me quebró todos los dientes frontales mientras me metía salvajemente el pene por la boca y se venía furioso, llenándome la garganta de semen. Después, le dijo a mi madre, eterna idiota, que me había descubierto metiéndome cosas por el culo y que por eso me había golpeado. No dije nada, había aprendido a disfrutarlo.

Hurgaba en el bote del baño y conocía el sabor de mis padres y de mis hermanas, tenía mis favoritos y jugaba a adivinar de quién era la mierda que ingería. La mía no me gustaba, me daba asco. Harto, sin embargo, de los mismos manjares, recorría restaurantes y supermercados y disfrutaba probar cuando alguien estaba enfermo: sabores agrios que duraban más tiempo en estado casi líquido. Me han contagiado miles de veces, pero nada ha podido postrarme más de una semana.

Un día me enfadó la mierda humana. En las miserables calles de barro que componen nuestra colonia abundan los perros sarnientos y la zona siempre despide los densos vapores de la caca animal. Me he convertido en un adolescente que a propósito pisa lo que los perros dejan para después lamer las suelas encerrado en su cuarto. Mi padre ya me coge por el culo y el hueco que dejaron mis dientes lo encuentra especialmente delicioso. Mis hermanas se han ido a parir hijos a lo pendejo y mi madre continúa manteniendo los vicios de mi padre y mi aqueroso estómago.

Como mi madre ve en mi “potencial” me inscribió en la secundaria sin importarle que estaba, al menos, tres años atrasado. Son días oscuros. Las gente se vuelve más inofensiva en sus burlas con los años. Me llaman simplemente “el puto”, “la cerda” o “el cacarizo” (porque tengo plagada la cara de granos). Nada más. Yo me como su mierda cuado visito los baños y a propósito me cago en las clases para escuchar insultos más graves. Cuando llego a casa se la mamo a mi padre y después voy y me cojo cualquier chucha en celo que pase. Vienen las vacaciones, ya me comienza a aburrir la mierda de perro y no sé con qué he de suplirle.

viernes, 14 de agosto de 2009

Materia gris y tres equis

La casa de mis tíos era grande. En ella vivía también mi prima. Yo calzaba del veinte pero tenía unos patines del veintiséis, que usaba en los interiores de las casas, pero aún más, en los interiores de esa casa. Mi tío trabajaba mucho, mi tía se iba al gimnasio, mi prima tenía unos patines, yo tenía unos patines y en la sala había un estéreo. Era la época de la canción de Short Short Man y mi parienta no dudaba en repetirla a todo volumen, hasta que se le ocurrió lo de meternos a husmear al cuartito. Era una habitación chiquita bajo las escaleras, donde estaba la caja fuerte, que contenía contratos, credenciales y revistas porno. Para ella, la que no era yo, estaba implícita la invitación a violar el cuartito, y conmigo de acompañante y cómplice, hojeamos muchas de las publicaciones "para adultos".

No recuerdo una foto en especial, ni los desnudos totales, ni las poses, ni las historias. Más bien la hazaña de entrar al lugar prohibido, el "a ver si no nos cachan". Y no, nunca. Cuento con los dedos de una mano las veces que estuve dentro del cuartito, porque luego dejé de ver a mi prima, pero poco tiempo después, en las siestas sobre las carreteras, soñaba clichés sensualones de película gringo-mexicana de acción: que yo, de veintitantos años y bastante atlética, salvaba de la explosión al Museo de Historia Natural de no sé qué metrópolis, y que un galán me recompensaba con besos y caricias. Ni yo entiendo por qué aquello se me quedó grabado, o por qué me gustaba tanto pensar la escena así. En esa infancia, hasta allí llegaba yo con mis historias "eróticas", que después, un día como hoy, o más bien hoy, en el desvelo parcial (¿hay un desvelo total?) me da por soltarlas a los cuatro vientos.

Para no asustar al lector que se asusta, mi objeto porno más porno reside más en la imaginación que en los puestos de revistas o las sex shop. Aunque, se supone que así es la cuestión y a nadie le da susto. Por suerte.

martes, 11 de agosto de 2009

X


Dicen que lo prohibido es lo deseado, así que puedo decir que mis padres fueron quienes avivaron mi capacidad de deseo, pues en mi casa todo estaba prohibido. Mi hermano y yo asistimos a la infancia como testigos, y nos limitamos a leer las travesuras que nos hubiera gustado hacer. Como la mayoría de los objetos que poblaban la casa eran intocables o estaban escondidos, nuestra fraternidad se estrechó en vínculos peligrosos: el del secreto, la complicidad y la imaginación.
Nuestro primer gran delito fue la violación del secreto masónico, al hallar los arreos de mi padre. Lo pagamos con una noche de pesadillas, pues los símbolos bordados en el mandil fueron suficiente para excitar nuestro morbo y, sobre todo, para convencernos de que un desconocido simulaba inocencia, pero seguramente era un ser maligno y capaz de crueldades rituales e insospechadas. Enloquecidas mandíbulas y esqueletos de animales revoloteraron en mi mente durante semanas en las que evité por todos los medios posibles evitar el contacto con papá.
Cuando tuve diez años y mi hermano, doce, la curiosidad se empezó a aliar con las hormonas. Por fatal coincidencia o por suerte o destino -que no son iguales, aunque se parezcan- mi hermano y yo presenciamos la compra de una pequeña caja que ocupó nuestras conversaciones durante un tiempo. Era un VHS, El amante. Ni más ni menos.
Podría decir que esa fue mi primera pornografía, a pesar de que nunca vi esa película. Lo fue porque mi hermano y yo dedicamos horas a buscarla, pues mis padres la escondían; una vez hallada, leímos la sinopsis una y otra vez, y la devolvíamos siempre a su escondite, para evitar ser descubiertos. Aunque la breve reseña al reverso de la película no me decía nada y la foto de la portada -el retrato de una chica pálida y circunspecta- era aun menos elocuente, lo auténticamente excitante, erótico y pornográfico, era complementar la visión del secreto a partir de la prohibición. Con mis diez años y mi torrente hormonal de niña apenas puberta, logré imaginar escenas que no he visto nunca, que no he vivido nunca, que no sé si toleraría si alcanzaran concreción. Las imaginé y las relaté a mis amiguitas de la escuela, y cuando preguntaban de dónde sacaba yo eso, les explicaba que de una película que tenían mis papás. Cuando alguno de ellos iba por mí a la escuela se veía rodeado de risitas incomprensibles y sonrojadas, y yo me sentía culpable a medias, pero satisfecha también.
Después el sexo se volvió gráfico, y luego sonoro, y luego táctil. El sexo se volvió una vivencia o una travesura. El sexo se convirtió en las fotos de los penes de mis compañeritos de secundaria, que competían para ver quién lo tenía más grande y nos mostraban las imágenes para que las comparáramos, pero no nos lo enseñaban porque les daba pena. El sexo fue también la primera vez que alguien metió su lengua en mi boca y su mano entre mis piernas, así, en simultáneo, sin previo aviso, sin paredes ni techo: una madrugada en plena calle, mientras los perros ladraban y nuestros padres y amigos nos buscaban imaginando lo que sucedería -lo que estaba sucediendo-. El sexo fue un cuarto cerrado, una ventana abierta, un par de cicatrices. El sexo fue la luna y la voracidad. El sexo fue los libros de Sade, las borracheras de universidad, un coche afuera de mi trabajo, un cigarro que se fuma y se gime. Fue eso y las películas francesas y las portadas de revistas que uno, al andar por el centro, no puede evitar ver. Pero el sexo no ha vuelto a ser, (no ha sido hasta ahora y quizá nunca lo sea) la violencia, la ansiedad, la perversión y la extrañeza con la que se proyectaba el contenido de una cajita negra en la imaginación de mis ya lujuriosos diez años.
(P.D.: Ya sé que no pedí turno y publiqué nomás de tetas, pero es que nadie se aventaba.)

jueves, 6 de agosto de 2009

¡Ay papito! Verde que te quiero verde...


Ay dios, mi primera pornografía señores; un hombre verde, voz socarrona, ¡Ay chulo!, que papacito... esas noches de primaria no eran tan solitarias, bastaba imaginarse una estudiante... que quisiera aprender artes marciales... una niña quizás de doce años... huérfana (sus padres en la historia habían muerto en alguna batalla en la que Pikoro había participado y por la culpa la adoptaba), que Lolita ni que mis calzones...
Además imagínense; si el hombre podía cambiar de tamaño a voluntad,y le crecían así las manos...¡Ajua!, Pégame marcianito pero no me dejes (¿alguien sabe si existe la marcianofilia?), que noches de abducciones aquellas...
Claro hasta que al maldito de Akira Toriyama se le ocurrió, ¡Por dios santo, como se atreve!, que todos eran putos y que se reproducían por la boca (si, ya sé que eso se ve desde que Pikoro Padre, tuvo a Pikoro hijo, pero siempre cabía la posibilidad de que fuera sólo una clonación atípica...), claro que me niego a esa variación de la historia porque ¡Pikoro es muy macho y puede con todas! (¿me escuchaste Akira? que puros hombres ni que tu nipona madre...).
Para poner a moda la verdiofilia; o marcianofilia, o mejor aún; la pikorofilia, he dicho.
Janik

jueves, 30 de julio de 2009

Brevísima Ciudad de municipios: rancho grande de ranchos grandes

La Ciudad es el tema, y se siente como en un capítulo de Los Simpson, cuando estos van y visitan Ciudad Capital. Aunque deja de sentirse así cuando no veo mi piel tan amarilla ni estoy yéndome a la Ciudad Capital, el Distrito Federal.

La Ciudad esta vez va a ser Mi Ciudad, y a ella le dicen Guadalajara. Pero tal vez tampoco voy a hablar sobre ella. Hay un mote para abreviarla en los periódicos, quizá sea frío "pero se entiende", y es entonces que con más frecuencia me acostumbré a no tener que interpretar una segunda y una tercera vez las letras ZMG. Zeta-eme-ge: Zona Metropolitana de Guadalajara (Así que esto es mi vida).


La ZMG está conformada por Guadalajara, El Salto, Tlajomulco de Zúñiga, Tlaquepaque, Tonalá y Zapopan, y para los turistas de El Montonal les traigo un pedazo de ellos, en forma de dulce de leche o rollo de guayaba.

Para empezar me sobran y me faltan los clichés y se me va de las manos el conteo de palabras óptimas para terminar con bien mi cachito de post. Entonces prefiero platicar sobre El Salto, bonito nombre para un municipio que antes se llamaba El Salto de Juanacatlán. Bonito nombre para un municipio no muy hermoso. Y aquí inserto mis recuerdos: Tenía 14 años y era en estas lluviosas fechas del año cuando fui a una de sus colonias: Las Pintitas. Los que conocen allá saben que un área se llama Las Pintas de Arriba y otra que se llama, oh sí, usted adivinó: Las Pintas de Abajo. En aquellos años mi mamá tenía una troca vieja de 1986, y con las lluvias de la temporada la presa de Las Pintas (en la que dicen que antes podías pescar mojarras) se desbordó y casi-casi no logramos llegar a la casa de la mamá de La Chispa, una niña que, atenta a las modas noventeras, a sus 11 años presumía un mechón rubio y decía "qué chispa".

Tlajomulco de Zúñiga: Tlajomulco de Zúñiga no tiene la culpa de que yo la recuerde como cómplice de mis antiguas infidelidades, la culpa la tendría que tener yo. Pero vamos, Tlajomulco también se inserta en mis recuerdos con sus caminos polvorientos rodeados de ladrilleras, el olor a pollo rostizado a la entrada (y el periférico, tan ruin, también a la entrada, a la salida), los perros callejeros por montones y las colonias de viviendas malhechas que el más-ruin-que-el-periférico-Vicente-Fox inauguró en el 2004, entre otros detalles feos como las ejecuciones, y otros detalles bonitos-chuscos como el recorrido turístico al cerro donde recientemente cayó un avión. (?)

Luego tenemos a Tlaquepaque y Tonalá, las hermanas artesanas. En ellas se forman en varias filas las esculturas, adornos, ropa, vajillas, muebles y no-adornos (es que hay cosas re feas) de barro, vidrio soplado, cerámica, bejuco, hierro forjado, yeso, piel, etcéteras. Para el que sabe o para el que no, en Tonalá se compra barato, en Tlaquepaque caro. Tonalá para mayoristas, Tlaquepaque para turistas. Tonalá tianguis y puestos de comida, Tlaquepaque oropel y restaurantes adornados con papel picado en los que tocan dos o tres mariachis: que el mariachi femenil, que el mariachi huichol... medio falso el ambiente folclórico, pero allí está para eso. (aunque el mercado y la azotea del Centro Cultural El Refugio hagan la diferencia. ¿La hacen?)

Zapopan, o Ciudad Zapopan, como casi nadie la llama, a excepción de los que la quieren mucho o los que se están burlando. O no, pero oh, Zapopan es muy lindo. No me canso de mencionar que la basílica de Zapopan es una chingonería de la arquitectura, y frente a ella su explanada en la que hace tiempo tocó la Sonora Dinamita y fui para presenciarlo (o para bailar, pero no sé bailar). Esa ocasión Margarita (la que canta) gritó varias veces una que otra majadería. Ahorita no recuerdo bien, pero digamos que fueron "chingado" o "méndigos". Entonces, a medio concierto nos anunció que el obispo de la basílica había mandado decir que no se dijeran palabrotas, a lo que Margarita contestó algo como: "¡Pues ya no digamos más groserías, chingada madre, todos vamos a bailar!" Y bailamos, sacrílegos.
Pero para hablar de Zapopan me voy a tardar, es casi como platicar sobre Guadalajara, o lo mismo que hablar de Guadalajara, porque, digamos que Zapopan es muy grande, más que Guadalajara, y que está lleno de contrastes entre marginación y plazas comerciales siempre nacientes, y de colonias con nombres divertidos como Jardines de la Patria o Arenales Tapatíos. O cerros conocidos como El Diente (al que nunca he ido) o un bosque con un nombre muy bonito: El Nixticuil.

Por último, en Guadalajara está mi casa, que no es mía, es rentada. Pero es donde vivo y aunque le digan rancho no lo he abarcado todo. La Zeta-eme-ge se me escurre por los dedos, muchas veces. Y cuando no, me sorprendo comiendo una torta ahogada (pero no echándole porras a Las Chivas, no vayan a exagerar). Cuando la extraño, paraíso gay (paraíso heterosexual luego) es cuando, de seguro, llevo dos días sin salir de mi cuarto, en un puntito de la ZMG.

martes, 28 de julio de 2009

Infinito

Aunque el Filósofo Aristóteles haya prohibido la existencia de infinitos en acto, y el rebelde Giordano Bruno haya concedido su existencia siempre y cuando se asuma que de ese infinito nadie puede escapar (pues lo llamamos universo, y por ser infinito, sólo puede haber uno), yo, señoras y señores, puedo afirmarles, sino asomo de duda, que ambos filósofos se han equivocado: dentro del infinito y único Universo existe otro más pequeño, pero no por ello carente de las propiedades del infinito legítimo.

Yo he estado ahí. Y he podido escapar sinnúmero de veces de sus imposibles linderos; aunque siempre me ocurre como en los sueños: jamás nos damos cuenta del instante en que dejamos la realidad y entramos al mundo de lo onírico. Así, justo así, me encuentro insensiblemente del otro lado de lo infinito cuando un Estrella Blanca o un ADO tratan de escapar a su fuerza gravitatoria. De alguna manera lo consiguen y entonces, por el módico óbolo de unas cuantas horas, nos hayamos en esos pueblos, ordenados y limpios, que nuestros paisanos se atreven a llamar su ciudad, sin saber si quiera el verdadero significado de esas palabras (¿o será que ésta es la que ya no es más ciudad, y debemos buscarle un nombre apropiado? ¡qué se yo! Megalópolis ya es poca cosa. ¿Infinitópolis? Llamémosle, mejor, Monstruópolis: único individuo de su especie, pues ¿cuántas infinitudes como ésta caben en el Universo?)

Sus habitantes desesperan algunas veces y marcan límites artificiales a su prodigiosa ciudad. Pero ¿cuántas veces no cruzamos la falsa línea que dice “Ciudad de México, Buen Viaje”, y, burlándose de nuestros urbanistas a carcajadas, Monstruópolis se extiende sin limitación que pueda contra sus potencias geométricas?

El matemático Cantor demostró que hay infinitos que caben dentro de infinitos. Él, claro, hablaba de números, y sus demostraciones jamás pasaron del papel y el lápiz. Pero quizás la evidencia experimental del prodigio por él imaginado se halla aquí. Porque aunque éste sea un infinito acotado, pues puede ubicársele en el mapa, posee propiedades que sólo un infinito tiene. He aquí las pruebas que he conseguido reunir:

a) Ninguno de sus habitantes la conoce toda entera. Ni el taxista veterano más aventajado está libre del potencial peligro de la exigencia de algún pasajero por llevarlo a un lugar totalmente ignoto.

b) Aunque siempre frecuentemos los mismos lugares, como el centro (¡cómo ese infinito se atreve a poseer un centro!), jamás veremos dos veces las mismas caras. ¿Cuántos millones de rostros nuevos y siempre nuevos nos encontramos cada sábado que vamos a caminar por Francisco I. Madero? Lo prodigioso es que el prodigio ya no nos sorprenda.

c) Los prodigios mencionados por Monsiváis: en el vagón del metro se resisten a perder su principio de individuación la infinita cantidad de almas que caben dentro del tren de las ocho de la mañana, línea uno, dirección Observatorio.

Y de éste último prodigio queda claro que nuestras propiedades corpóreas han sido afectadas por habitar en tan misteriosa ciudad. Porque sólo así, siendo infinitas en número las almas que habitan una superficie que se presume finita, se explica nuestra falta de imaginación: no es que ella sea poca, sino que todos los pensamientos posibles, pasados, presentes y futuros, por más que sean, por más apabullante que sea su número, es finito. Y cada pensamiento está condenado a repetirse infinitas veces a causa del infinito número de almas que habitan esta ciudad. Por eso, como lo relata el mismo Monsiváis, aún el pensamiento más excéntrico es compartido por millones en un mismo instante.

Quizás no sea la ciudad la prodigiosa. Quizás los que ya dejamos de ser individuos somos nosotros. Porque el infinito posee sus propias paradojas. ¿Cómo saber que, cuando al fin regresamos a casa y con alivio comprobamos que la llave aún abre la cerradura, y que adentro nos espera el mismo gato… es efectivamente el mismo gato, y la misma cerradura, y el mismo hombre?

¿y si fuera que, al ser Monstruópolis la suma de sus lugares infinitos, pero al ser simultáneamente finito el número de modos y posibilidades de vida, hemos caído inadvertidamente en otra casa, gato y hombre iguales?

viernes, 24 de julio de 2009

La ciudad y sus habitantes.

Cuando pienso en la ciudad, pienso especialmente en el centro de esta ciudad. Le aseguro que ahí encontrará lo que busca. Si usted quiere accesorios de oro y plata, vaya a las joyerías de la calle Madero. ¿Un vestido ampón para usar en su fiesta de quince años? No deje de ver las vitrinas que hay en República de Nicaragua. ¿Un smoking? Lo acompaño a la Lagunilla. Si busca una mascota exótica, visite el Mercado de Sonora (cierta vez un vendedor me aseguró que tenía a la venta un Beagle, que al mismo tiempo era Basset Hound) y en el mismo lugar hallará las hierbas necesarias para hacer un amarre o algún trabajo de Santería. Instrumentos musicales: República del Salvador. Alimento difícil de conseguir: Mercado de San Juan. Pedrería: Bolivar. Libros viejos: Donceles. Putas: La Merced. Lámparas y candiles: Victoria. Figurines de dioses prehispánicos: Zócalo. Y aquí, allá, repartidos en partes iguales encontrará hoteles, iglesias y cantinas.
No conozco muchas ciudades. Pero sé que en otras, como en ésta, alguna mujer se detiene entre la multitud para mirar un par de zapatos a través de la vitrina, una pareja sale del hotel acostumbrado y se pierde en las calles, el comerciante ofrece sus productos al paisano y al extranjero, la familia gasta sus ahorros en comprar lo necesario para dar una gran fiesta, los que vuelven de la oficina se dirigen a un bar, los que vuelven deslomados se dirigen a un tugurio miserable, una mujer se prueba el vestido de novia, la puta vuelve a casa después de la jornada, un vagabundo habla solo, algunos entran en la casa de dios y otros celebran, con nostalgia, a los viejos dioses desterrados.


Fotografía: Mijael Jiménez.

miércoles, 22 de julio de 2009

Mímesis

Alrededor, durante el día, se despliegan los colores: en las canastas de dulces que vende un señor, en los letreros fosforescentes de los puestos de tortas, en las letras rojas y amarillas y azules y a veces rosas de las tiendas de abarrotes. Venas anaranajadas se extienden en el subsuelo.
Pero, desde arriba, la ciudad es gris. En el gris reconozco edificios y monumentos también grises, y el gris pavimento y hasta autos grises con sus neumáticos más oscuros aún.
A cierta hora de la tarde nos cae el aburrimiento. Todo lo vivo se despinta, se destiñe, se diluye. Camaleónica ciudad, hecha de matices, contrastes y monocromías.
Si son las ocho de la noche no somos distintos de las moscas que revolotean sobre los tambos de basura, no somos distintos de los perros que duermen o ladran o esquivan los coches. Los árboles también se vuelven polvo o ceniza antigua. Ratas vagan entre banquetas, coladeras, bardas, pies... La lujuria de los gatos es también gris. Gris nuestra noche de telenovelas y de mañana será otro día.
Me reconozco en los objetos con los que queremos poblar este sitio de alegría, pero al caer la tarde sólo veo el gris y no sé dónde comienza ni dónde termina. ¿Lo gris es la ciudad, somos nosotros, será la luz o el humo de hidrocarburos? En esta mímesis urbana, ¿quién imita a quién?

lunes, 20 de julio de 2009

La Ciudad de los Poetas (OVERTURE)


Son las dos de la madrugada, camino de vuelta a casa tras una noche de sexo en el hotel “Minerva” , las calles semivacías están húmedas por la gran lluvia que sucumbió esta noche; al andar me percato que un muerto mas ha sido encontrado en el desnivel que pasa cerca de mi casa, lo rodean cinco patrullas y una ambulancia que iluminan la obscuridad perpetua de las calles de mi cuadra, las prostitutas son interrogadas y los coches que pasan por la avenida son desviados tras su inevitable baja de velocidad ante el morbo cotidiano de ver lo que ha acontecido. Tras pasar no muy lejos de la escena del crimen me doy cuenta que esta vez algo ha cambiado, esta vez la victima ha sido un pequeño niño no mayor de once años de edad; envuelto en una bolsa negra de basura yace su cuerpo desnudo, frágil y lastimado. Mi caminar es continuo paso de lado y sigo mi camino, no era raro ver este tipo de escenas así que decidí mejor llegar a casa lo antes posible ya que mi hambre postcoital merecía una prioridad.
Al estar ya en mi casa mientras me preparaba un modesto sándwich me detuve un instante entre la mayonesa y el jamón como si el soplo más leve de un hielo seco recorriera mi cuerpo de abajo hacia arriba, y recordé esa imagen de aquel rostro infantil, aquel rostro golpeado y muerto; y me puse a pensar inmediatamente en mi hermano el cual tiene la misma edad que tenia aquella victima, y si tal vez el pudo ser la víctima y no aquel desconocido infante.
Pero estos pensamientos no inverosímiles son cada vez más comunes y tendrán que ser aceptados ya que aquí en esta ciudad así es como se vive, día y noche sus calles ven el ciclo de la vida pasar efímeramente y en donde los justos son un personaje más de televisión. Así se vive aquí en la ciudad que me ha albergado por casi toda mi vida y una tregua nos mantiene vivos todavía, esta es “La Ciudad de los Poetas”.

viernes, 17 de julio de 2009

Ciudad de cal


fluye la ciudad

como en caricatura

una esquina

un hotel

una plazuela

con una fuente seca

todo

oscuro

oscuro

todo

con una fuente seca

una plazuela

un hotel

una esquina...


*


Miras

el puente

con sus barandales amarillos

y el camellón

ínfimo

intermedio

esperando al peatón equilibrista.


*

andar la misma calle

cada vez,

como si fuera otro país

otros los zumbidos

de los coches pasando,

otras las sombras

alargadas

de los mismos edificios


otras las mujeres

hundiéndose en nuestros dedos

aunque sean siempre

la misma

triste.


otro el abismo

pero no

el mismo país con sus bardas

pintarrajeadas

de los mismos aerosoles baratos

con la misma simpleza

entre los trazos

el mismo país

con nuestras madres

con sus hijos


(nuestros)


abandonados

en el mismo parque

donde descubríamos

de niños

parejas que se besaban

tras los árboles


cruzar maravillados

la misma amplia

plaza

en la que se repite

el organillero

con sus notas.

sábado, 11 de julio de 2009

Arqueología

Cuando ya no crezcan sino matojos de hierba en la ciudad, cuando el último eco se haya ido.


¿Qué monstruosa arqueología dará cuenta de nuestros hechos?

viernes, 10 de julio de 2009

Si bien dicen... bueno, la verdad nadie dice nada.

Creo que después de muchísimo tiempo viviendo en una ciudad, puedo llegar a varias conclusiones, ninguna de ellas tiene que ser tomada con seriedad indiscutible. De hecho, estas conclusiones pueden pasarse de ingenuas, un poco tontas, pero al fin y al cabo son dejos del mejor maestro, que resulta ser la malditísima experiencia (y tú lo sabes, método científico, tú lo sabes).

Para más información: mi nombre es Elsa y por 21 años (que... eh.. resulta ser mi edad actual) he vivido en el D.F. específicamente dos delegaciones que, desde mi punto de vista, resultan ser totalmente contrarias: Iztapalapa y Benito Juárez. Y digo que son contrarias porque, aunque sólo llevo 4 años en la d. Benito Juárez, he aprendido mucho de este lugar. Por ejemplo, en Iztapalapa no eran raras las noticias de que entraron a la casa de la vecina, le robaron sus pocas cosas y la violaron. Acá en la Benito Juárez el kilo de fresas te sale como 40 pesos (o más, pues). En iztapalapa venden unas cemitas deliciosas y acá en la Benito Juárez una torta de tamal ronda por los 15 pesos (bueno, no me gusta el tamal, así que tampoco me voy a matar por eso). En iztapalapa los vecinos eran muy amables, acá te echan indirectas y creo que la vecina de enfrente es amante de un tipo importante en la política. Ambos lugares me han dado lindos recuerdos, Iztapalapa se llevó 17 años de mi vida, go figure. Así que, como pueden ver, en 21 años, y con un historial de vivienda en dos delegaciones (y las que faltan, supongo), siento que mis raíces familiares me asentaron en los extremos que pueden darnos una ciudad como esta, la Ciudad de México.

Sin embargo, pese a que mi hogar (al menos el que la familia me ha dado) está en estas dos delegaciones, lo cierto es que mi vida se desglosa en todas partes: Mi universidad, mi vida juvenil, la razón de mi angustia adolescente, la razón de mi futura úlcera péptica, los lugares a los que me gusta ir a caminar, el lugar donde estoy aprendiendo a andar en bici, la banca donde comí un helado y creí ser feliz, el lugar donde por primera vez besé y pensé que todo acabaría bien: ese conjunto de lugares soy yo y son producto de conocer la ciudad, ya sea por primera vez o regresar a un lugar por el mero gusto de hacerlo.

Y claro que en mi vida futura me veo aquí. No sé ustedes, a mi sí me gustaría mi departamento en la condesa, nada escandaloso, un lugar que pueda hacer mi propio hogar. Y digo esa colonia porque vi un departamento que grita mi nombre, sin embargo yo no puedo responderle, porque no tengo dinero, no trabajo y, lo peor: alguien más ya lo tiene. Pero hey, los sueños rotos también son comunes en una ciudad como esta, en una vida común y corriente. Y me sigo viendo en una ciudad.

Aunque tampoco creas que no he llegado a odiar esta ciudad. El tráfico, la basura, las construcciones, las cosas inútiles que pasan, el stress: me hacen morir un poco por dentro. Pero también resulta que esas cosas son rutina, que hasta quejarse ya es anticuado. La gente que también vive en la ciudad sabe que a fin de cuentas son cosas con las que tienes que aprender a vivir, casi como las exigencias de una religión: humanamente imposible. Pero hey, sigo aquí. Y sí, porque quiero; tal vez porque no soy de las que les guste el cambio. Pero bueno, qué le voy a hacer. Esta ciudad es mi hogar, al menos hasta que sea una de esas personas que les gusta el cambio.

Construct><Destruct

miércoles, 8 de julio de 2009

Hyperícum perforatum


- ¿Y sí me voy a dormir? Oiga, es que yo no estoy deprimida, ni ansiosa, ni nada de eso. Sólo quiero dormir bien esta noche y ya.

Y la pinche vieja del mostrador me vio con su sarcástica jeta de: “claro, otra que no está deprimida”.

Pero pinche vieja porque yo no estoy deprimida. Sólo quiero poder dormir bien hoy. Eso es todo. ¿Es un pecado? Jodida ella con su cara de malcogida y su trabajo de aburrimiento como cajera de un GNC. Jodidos todos los que barren este pinche edificio y limpian las cacas en los baños de 7 a 5:00 pm. Los adolescentes que atienden el Sushito y se desvelan pensando que aprenderán inglés y obtendrán una chamba en Cancún. Yo estoy bien. Jodidas todas las señoras que están en el sanborns comprando El Tao del Amor. Jodidos todos los pinches yupis que toman lexotanes e intentan sudarlos en el gym. Ahí sí preocúpate. ¿Yo qué? Esta madre ni adicción causa. Lo dice en la etiqueta es un “tratamiento natural para los estados depresivos (apatía, desgano, pérdida de la autoestima y ansiedad)”. Ósea, entiéndase, estados depresivos que no son una rejodida depresión ni mucho menos. Al contrario, son el aceite que acciona la maquinaria de este puñetero centro comercial en el DF. Pus yo qué. Sólo me tomaré unas florecitas encapsuladas con el poético nombre de “hiperícum perforatum”.

¡Ah, la Gran Ciudad!

Podría empezar esta entrada con las referencias hoy día casi obligadas de Sin City: (con voz áspera, aguardentosa) “esta ciudad me va matando poco a poco y sin embargo somos amantes” o algo así; u otra referencia de moda, los Watchmen: “esta ciudad me teme porque he visto su verdadero rostro”… pero mas bien me la ahorro porque esto es tan solo una breve reflexión de mi relación con la ciudad… la Gran Ciudad.


He escuchado las mas diversas opiniones al respecto, pero en su mayoría son negativas, y es que cómo no, si manejar en sus calles es casi un deporte extremo y ser peatón es bastante peligroso, moverse en transporte público toda una aventura; así como la inseguridad, la falta de agua, el amontonamiento, la contaminación (del aire, visual y auditiva); y a veces se percibe odio e intolerancia por todas partes.


Repasando las líneas del buen Ezequiel pienso que esta ciudad no es ni ética ni estética.


Yo sin embargo puedo decir que disfruto mucho de la ciudad, me gusta este ordenado caos y en su amplísima diversidad mas o menos uniforme, pero lo raro, y de ello me di cuenta hace unas semanas que cruzaba la ciudad de cabo a rabo, es que mantengo una relación extraña y distante con la ciudad.


Por supuesto que me gusta vivir en ella porque me las he arreglado para ir una o dos veces por allá, y cuando voy evito los horarios de mayor afluencia, visito uno o dos lugares cuando se que no hay nadie, y tengo esquematizada toda mi trayectoria para no distraerme con nada y cumplir mi plan rigurosamente. Afortunadamente he podido organizarme de tal modo que mas de la mitad de mi correspondencia y de mis diligencias de trabajo las resuelvo por correo electrónico y si no me queda de otra el teléfono.


No vivo en la ciudad, y en realidad no convivo con ella, tengo 45 minutos para mentalizarme en el camino, hacerme a la idea de a qué me voy dirigiendo, el sonido del campo se me trasforma poco a poco en un sonido citadino, filoso, molesto, sucio… cada vez que voy allá llevo conmigo esa especie de ostracismo sociable que caracteriza mis días por ahora, es decir, aún soy funcional en la sociedad y no un anacoreta total, pero ahora que se que tendré que ir pronto al dentista, y pasar un rato en una sala de espera con otros citadinos, esos de verdad y no de nombre, me incomoda un poco, y me sorprende que me incomode. La otra parte extraña es que la gente de por acá no ve como parte del campo, sino como un extraño mas de los que huyen de la ciudad.


A veces pienso que esta ciudad sería mas disfrutable con la mitad de la gente y una tercera parte de los automóviles… y a veces deseo que cayera un meteorito, y acabara con la humanidad, como aquel que cayó en la península de Yucatán y exterminó a los dinosaurios, pero eso solo pasa cuando me atrapa en el tráfico y no puedo huir a tiempo.


Nunca he pensado en vivir en otra ciudad, aquí nací y no se si estaria dispuesto a morir aquí, morir por ella definitivamente no. Cualquier otra ciudad candidata a darme asilo tal vez debería cumplir con dos cosas: que pudiera vivir fuera de ella, pero no un suburbio como Ciudad Satélite o su némesis Ciudad Nezahualcoyotl, mas bien tendría que ser el campo, y debería tener una Universidad parecida a esa por la que pasé y es gran parte de mi vida.


No lo sé, me gusta la ciudad quizás porque realmente no vivo en ella, a veces solo paso a visitarla. Siguiendo los clichés de Sin City o Watchmen, yo podría decir que es como mi novia de primaria, a veces nos tomamos de la mano y nos vemos solo de lejitos en el recreo.

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